07 enero 2011
Amarse mucho o creer en uno mismo mas que nadie no es, necesariamente, algo malo. A veces nos parece que algunos iconos deportivos que se ponen el pelo en cresta y hacen regates gilipollas e innecesarios cuando juegan al balón, son instrumentos del mal a la hora de valorar su influencia en la educación de nuestros jóvenes. Creer en uno mismo de modo desproporcionado puede llevar al que lo practica al narcisismo, pero hacerlo en su justa medida es tan bueno como necesario.
Esa era la intención, mi intención, esta madrugada cuando contaba a unos de mis escasos lectores-e públicos cuando me decía, prácticamente, que la única solución a su futuro pasaba por irse a Zambia a la extracción del cobre o a meterse de cocinero en un convento de monjas, pues eran las únicas dos ofertas de trabajo que le habían llegado desde que se apuntó a una agencia internacional de colocación, con sede en París, lo cual y teniendo en cuenta que mi joven lector es Licenciado en Sociología, da mucho que decir de la calidad profesional de ese tipo de agencias.
Ayer tuve la oportunidad, entre cambio de pañales de uno y de otros, de charlar con un ya joven veterano del mundo profesional liberal y autónomo de afiliación, en la que se mantenía en su fuerte convicción de que el fracaso de muchos está en su falta de capacidad de superación. Me decía que el que no tiene un trabajo no sabe buscar soluciones que no pasen por la de colocarse en alguna administración pública y el que lo tiene se apoltrona en él hasta convertirse en un puro mueble en el que solo está deseando, a diario, que llegue la hora de irse a casa o a tomar copas, para olvidar que ese empleo lo único que le da es el dinero para seguirse aborregando, sin mayor beneficio que el de la lenta muerte profesional que produce en el ser ese tipo de actitudes.
Gracias hijo, ojalá seas capaz de trasladar ese espíritu a mis nietos.

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