lunes, 3 de enero de 2011

Sentencias sin juicio



03 enero 2011

Una historia tonta, muy tonta...


Vas por la calle y te cruzas con alguien al que crees conocer, pero no debe ser cierto porque ni te mira. Al rato te metes en la Notaría y como la cosa va para largo decido ir al bar de la China a tomarme un expreso de esos que ella prepara como la misma madre patria que la hizo. Me siento en la barra y mientras espero que me traigan mi  pócima mágica veo al tipo de antes, al que me pareció que lo conocía de algo, y me quedo mirándolo con cierto descaro sin resultado alguno. Pasados unos diez minutos veo con cierta rabia que el tipo equivocado se ha ido. Otros diez minutos en la barra trasteando mi iPhone y me subo a la Notaría.

Tal y como entro, el tipo en cuestión, otra vez, se cruza conmigo y se va. A los treinta minutos el Notario me aborda, me hace pasar a su rincón y me cuenta algo que me ha dejado mal, extrañamente mal.
“Enrique, se ha presentado un tipo aquí, a firmar una venta de una casa en Elda que heredó de su madre y me ha preguntado si te conocía y al instante, y al decirle que sí,  me ha contado que una vez, en el 93, le ordenaron falsear unos documentos sobre la calificación de un solar que era de su familia hasta el extremo que se incrementó la superficie en un 10%, en los planos catastrales que eran lo que el Ayuntamiento tomaba como válidos. Que sabía que tú lo pasaste muy mal pues en tu empresa pensaron otra cosa y aunque sabe que luego la historia no tuvo mayor trascendencia, pues tú te fuiste a Valencia, nunca se atrevió a volver a verte para contártelo, pues eso era lo que le ordenó su madre, ahora ya desparecida, cuando se enteró. Me ha dicho que te hiciera esperar quince minutos para que no le pudieras alcanzar, pero que te lo dijera que a él no le gustó hacerlo pero por hacerlo estuvo muchos años pensando en lo mal y en el mal, que había descargado contigo”.
Curiosamente, ni recuerdo la historia, pero la verdad es que cuantas de estas no habrá por el mundo de las relaciones sin que sepamos muy bien como las ve cada cual o quien no me habla por un “no se qué” o todo lo contrario. Los humanos y sus estupideces son cada vez mas feroces para mis reencuentros con la historia de mi secuencias. ¿Cuantos rencores no estarán guardados en los bolsillos del odio mal entendido por una razón que ni se conoce ni se interpreta por el que la sufre?, ¿cuantas habrá sin que yo lo sepa o sin que alguien sepa las suyas? – No debiéramos guardarnos las sentencias sin juicio que muchas veces hacemos a los demás sin darles respiro alguno a su defensa. Lo curioso es que el mal que hacen, esas sentencias, pueden durar toda una vida o más, quien sabe. ¿Habré pecado yo también y no lo se ver?




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