17 enero 2011
Veo el anuncio que me manda mi amigo el Rey de La Goleta justo en el momento en que me acabo de tropezar con uno de mis inevitables amigos.
“Enrique, yo lo hubiera hecho cada día, ¿te acuerdas?, pero entonces era una “pasta” que no tenía, ¿sabes? – Mi mujer, desde que la conozco, dice que le duele la espalda o lo que sea y cuando ya me pongo pesado me dice que soy un obseso y un enfermo, que eso no se puede hacer cada día y que acabaré mal de los huesos con una osteoporosis o algo así”.
Todos, creo yo, tenemos un amigo así, sí, un amigo de esos que ciertamente están obsesionados en la cosa de la dura labor de darle marcha al hermano pequeño con cualquiera y donde sea. Acaba amargándote el bocata, luego el café y mas tarde la copa de la noche. Te lo cuenta, además, con detalle, no lo puede evitar, es su forma de ser y lo que no acabo a entender es como lo aguantan en casa y sobre todo como es que lo aguanto yo. Cuenta y cuenta sin parar, así cada día que lo veo y así año tras año. Es que ni siquiera cuando vamos a Misa, zas , te insiste, te machaca, pero ahora el problema es otro, con los años, que ya son muchos, solo quiere que se lo hagan y además, como tiene pasta se cree con derecho a todo y lo que mas me joroba es que, al parecer, hay muchas de sus followers que sí están por la labor de hacérselo y él, inevitablemente, por la de contármelo.
Ahora ya no me amarga el café, ni me estropea la tranquilidad del copeo nocturno, ahora me satura la imaginación hasta el extremo que el otro día se la sacó en plena barra y me di cuenta que mi amigo tenía una tercera pierna, ¡qué guarro!, grité, pero no sirvió de nada e insistió, “Mira, Enrique, mira que bocao”.
Siento la guarrería del relato, pero debo decir, de modo definitivo, que estoy hasta el gorro de mi amigo y de sus obsesiones sexuales y que por mucho que yo se lo diga no parece que la cosa tenga fin, quizás deba matarlo aunque sea de modo virtual o imaginario, pero No, no volveré a verlo, es mi primera reacción ante tanto relato obsceno, pero es que me da pena, tiene sus casi 70 tacos y, el caso, es que me parece extrañamente admirable su tesón y su ilusión por hacerlo. Lo peor es que sigue haciéndolo con cualquiera y yo le tapo cuando me lo pide, pero aún es peor que yo, además, siga escuchándole sin que el horizonte me apunte solución alguna a mi problema.
Para arreglarlo, su mujer, que es una santa, es decir, es tonta o muy lista, nunca lo sabré, me insiste: “Enrique, aguántale todo lo que te cuente, eres el único que le escucha, ya sabes como sois todos lo hombres, él no es una excepción, le gusta contar todas esas fantasías que cuenta y al final hasta se las cree, él, al fin y al cabo, es hombre y le gusta el sexo oral, es decir, el de hablar mucho”. – Claro, Carina, claro, le seguiré escuchando, que te voy a contar a ti que tú no sepas de él.

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