martes, 8 de febrero de 2011

Emociones existenciales


08 febrero 2011


Siempre que se convoca alguna reunión con alguno de mis grupos de amigos queridos, a la vez que se hace, me provoca cierta resistencia a entender la frustración, o el miedo,  que en otros produce tal acontecimiento y con ello su ausencia. A mi, la verdad, es que me gustaría que todo fuera como un pesebre, es decir, una imagen de familia feliz, narcotizada hasta extremos inenarrables, que es, exactamente, lo que siento cada vez que me convocan a una de ellas. Compartir trinchera profesional con alguien, da derecho a tener una cierta complicidad con él, con ellos, es como si hubiéramos hecho algo tan ininteligible para el resto del mundo con nuestro esfuerzo común, que eso nos hace superiores a todo nuestro entorno próximo y eso, sin duda, es la fuerza del grupo, la existencia de un logro común que nunca puedes olvidar.

Quizás uno de los problemas que siempre plantea, subliminalmente, este tipo de reuniones, es que alguno aún no lo sabe, es decir, no sabe que tiene un grupo ahí, a su alcance, y aún no se ha enterado.

Amigos míos, todos los que me invitáis a este tipo de comitulias, como la de hoy, no sabéis lo que os agradezco que lo hagáis, pero, y eso os va a sorprender, me alegro mucho más por vosotros que por mi mismo, yo ya hace muchos, pero muchos, años que lo aprendí, tuve buenos y excelentes maestros que me lo enseñaron.



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