Rebajas, compras de última hora de todo tipo, algunas muy necesarias para la subsistencia virtual y todo eso, junto a otras tonterías, ocupan este fin de semana, prácticamente, en su totalidad. Atado al hambre pues hay que dejar que las calorías vayan a su sitio, es decir, se caigan al suelo por el medio que sea, uno se pone a pensar si todo lo que hago lo hago bien, si, al menos, me lo parece o es una mentira más de esas que todos ponemos en nuestra vida para decirle al mundo que somos más felices que nadie aunque no lo seamos, ni por asomo o, al menos, no lo seamos tal como lo vendemos.
Pues hoy me ha tocado a mi sufrir una de esas aventuras literarias que siempre me cuenta alguno de esos conocidos que, de vez en cuando, te encuentras por cualquier lugar del mundo y que no tiene otro fin ni otro final, (la aventura), que la de contarme lo mucho que anda todos los días, lo bien que se encuentra, que no para en todo el día y no tiene tiempo para aburrirse o lo guapos que son sus nietos, sin dejar de perder oportunidad de pontificar sobre lo de la Tercera Gran depresión de la que todo el mundo habla hoy como si fuera algo inalcanzable o como si ya no estuviéramos en ella.
Es cruel, muy cruel, decirle a ese conocido, que ni siquiera es amigo, que no interesa nada de nada ninguna de las cosas que te cuenta, que con los años se ha convertido en un “palizas” de tomo y lomo y que ya está bien de aguantar a todo el mundo sus cosas y que cuando tú vas a contar las tuyas ni siquiera puedes soltar dos palabras porque ellos siempre tienen algo o a alguien que tiene más o mucho más de lo mismo que tu intentas contar. Es decir, que si se te ocurre iniciar una conversación con alguien de esos que tanto admiro, los “yoysoloyo”, diciendo que tienes un dolor que te sube por la pierna y ……, zas, no consigues acabar nunca la frase, él te cuenta que eso no es nada comparado lo que él tiene, pues el dolor le da dos vueltas a la rodilla, le sube por el riñón central y luego, eso sí, con un dolor casi mortal, la acaba llegando por la espalda hasta la médula ósea que todos tenemos en algún lugar que ni existe, pero que el tío se lo sabe y lo cuenta, ante mi asombro, como si fuera el mismo Dr. House.
Total, no es nada saludable encontrarte con uno de esos “yoysoloyo”, que todos tenemos en nuestra vida, en una mañana de rebajas y con prisas, pero yo sigo pensando, en contra de lo que dice mi querida Maribel: No sé por qué los aguantas, Enrique, pues voy y les aguanto la charla como si no fuera a tener prisa en irme en la vida de su lado, lo hago sin interrumpir mucho, solo suelto algún gesto de afirmación o un “claro, claro”, o aquello tan recurrente de: “¿no me digas?”...
Pero claro si vas consintiendo, sin réplica posible, la cosa tiene su riesgo pues el enemigo se crece y abunda mas y mas en la herida de la aventura que te va contando, sea cierta o no, pero que a él le descarga de una forma saludablemente terapéutica. Bueno, pues llegado a este punto yo si sé por qué no contesto nada y por qué les aguanto a mis “yoysoloyo” todo lo que me cuentan, los aguanto porque yo soy como ellos, sí, así es, yo ya soy como ellos, cariño, por eso no les doy réplica alguna. - “Pues mira, en eso tienes razón cariño” – Lo ves, me gusta que lo entiendas, amor.
En cualquier caso eso es siempre mejor que irse con los pingüinos a las “moterías”, ¿verdad?, eso si que tiene que ser “la bomba”, lástima no tener 40 años menos para irse con ellos …

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