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miércoles, 2 de enero de 2013

Mahey el Guanchito y La Vieja de Teguise - (Reedición)


niños sin fronteras

02 enero 2013 – 24 septiembre 2009 - 09 enero 2017

Recuperando mis antiguas bloguerías del blog jaqueado ………………
Mis amigos son la envidia de los demás. Eso me decía esta mañana un hacedor de artículos imposibles de prensa en la de Alicante.
Eso me ha traído al recuerdo un video que me ha mandado una buena amiga hoy. No te preocupes que tú no eres un pesado, me decía otro. Bueno con eso, y alguna cosa más, ya podré dormir tranquilo.
Pero otra buena amiga virtual, me ha contado una historia que me ha recordado otra que me pasó hace unos años, más de veinte, ante una afable “vieja” de Teguise.
Teguise es un pueblo de la Isla de Lanzarote, ladera arriba, en el que las gentes visten de negro y blanco según sean mujer u hombre y andan la carretera más de media hora para bajar y subir a Arrecife que es la capital de la Isla, solo cuando lo han de hacer, que no es siempre.
Yo subía, con mi Datsun 220, los domingos a comprar queso y otras gracias en el mercadillo que allí se montaba y en uno de ellos, al atardecer, encontré a un chaval de unos nueve años, un precioso y pequeño guanchito, que andaba tosiendo, descalzo y pies desnudos,detrás de unas cajas vacías que había en un rincón de la plaza del pueblo.
Lo estuve mirando, durante algunos largos minutos y él hacía lo mismo conmigo, aunque de forma discontinua. Yo estaba sentado en un bello muro de piedra volcánica que separaba uno de los muchos desniveles del lugar y cerveza caliente en mano, esperaba la llegada de otros compañeros que andaban dejándose enredar por las tiendas de venta del lugar.
El niño, que luego supe se llamaba, o le llamaban, Mahey, no dejaba de mirarme. Pensé que lloraba, pero no era así, me acerqué y me di cuenta que lo que tenía era un resfriado de aúpa. Le caía el moquito por la nariz, tanto que le desbordaba sus enormes labios, pero ante ello, él se los escurría con el brazo, con una habilidad circense.
Sus ojos, oscuros, eran preciosos y brillantes, como los de un Jesusito hebreo. Él inspiraba una gran ternura y a mí me costó reconocerla, pues no estaba muy acostumbrado a ello por aquellos lares. Era el mes de Enero y, seguramente influenciado por las fechas y festejos recientes, asimilé mis formas y gestos a los de aquellos que ha poco habían estado en la mente de mi niño en Alicante, al cual, y a su madre, yo añoraba enormemente, pues los acababa de dejar allí, mientras yo cumplía mi labor profesional en aquellas lejanas tierras.
Con este estado emocional aparente, afronté la siguiente escena, que fue la de presentarme ante él.
· Hola, ¿Cómo te llamas?
· Me dijo su nombre, pero sin mediar otra palabra me preguntó si yo venía de muy lejos.
· Le dije que sí, y le pregunté por qué estaba allí solo y casi escondido.
· Me dijo que estaba allí porque le había pedido a La Virgen de Los Dolores que le trajera unos zapatos y esperaba que así fuera. Y el sitio era ese, allí, pues delante había una de las tiendas ambulantes de zapatos más pequeña que yo había visto jamás.
Lo cogí de la mano y lo llevé ante “la Vieja” que regentaba la tienda, le pedí un par, o más, de calcetines de lana y un par de pares de zapatillas de deporte que al niño le hicieron el más feliz del mundo.
Pagué las zapatillas y los calcetines, y un par de cosas parecidas a un bocadillo que vendía también la misma Vieja, mientras ella me miraba con ojos desconfiados, como si me tuviera miedo
Ahí hubiera acabado todo si no fuera porque al intentar despedirme de él, el guanchito me cogió de la mano con una fuerza impropia de un niño de su edad, me agaché, el me miró a los ojos, lo hizo de un modo como no mira cualquiera, era una mirada tremendamente bondadosa y profunda, era su forma de darme las gracias.
Me emocioné, pero, afortunadamente, el chaval salió corriendo con sus zapatillas, calle abajo, a una velocidad de vértigo y ello me sirvió para recuperarme.
Pero inmediatamente descubrí que aquel intento iba a ser en vano. Me levanté y al hacerlo mi mirada tropezó con los de la vieja. Era tan insistente y temerosa, su mirada, que no puede evitar preguntarle:
¿Pasa algo conmigo Vieja?
La Vieja anduvo temerosa, como si no se atreviera a preguntar, y después de insistirle varias veces, la Vieja habló;
· ¿Tú eres Dios?, me dijo
· ¿Qué?, ¿por qué lo dices Vieja?, le contesté.
· Porque el niño lleva ahí dos días esperando a Dios pues le iba a traer unos zapatos. Un par para él y otro par para su hermana.
· ¿A Dios?, pero si me ha dicho que se los había pedido a la Virgen de Los Dolores, Vieja.
· Entonces me dijo algo que no olvidaré ya nunca:
Así es, pero me dijo ayer que la Virgen le dijo que no tenía zapatos, pero que no se preocupara, pues su hijo los traería en cuanto pudiera.

2 comentarios:

  1. Me acuerdo de este maravilloso relato.......piendo que no debes esperar a que te roben las bloguerias para mostrar tus enseñanzas cual "Don Juan",el mito literario de Castaneda, eso si, sin peyote por medio.

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    1. Gracias amigo Antonio, Me alegro que te gustase y que te siga gustando. Lo peor de la pérdida del antiguo blog no son los artículos perdidos, que también, pues la mayoría los estoy recuperando a través de WordPress, donde sabes que publico simultaneamente mis bloguerías, lo poer es que he perdido los comentarios.

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