Sobre las maldiciones
Estoy tumbado en el sofá con las luces apagadas y la televisión encendida. Su zumbido golpea las paredes del salón como un martillo hidráulico. Temo que en algún momento del día se desplomen sobre mí. Mientras tanto, odio cada una de las palabras y versos mal construidos que contienen mis poemas. Desde el sofá, yo los maldigo; y maldigo también todo aquello que tenga un nombre en este universo. Sin embargo, quiero como a un hijo a las estrofas que pescan mis manos en esa herida que sangra sin descanso en mi pecho. Sin ellas me temo que no sería nada.

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